Lo que insiste

Cuando empezaron a abrir los primeros Starbucks en Buenos Aires, mi primo, que vivía en Capital, me explicó a mí, que vivía en la Patagonia, que en Estados Unidos los ubicaban cerca de las estaciones de metro a propósito. Algunos años después me mudé a la gran ciudad para estudiar, y me tomaba el subte hasta Callao y Corrientes. Salía de casa una hora antes de lo necesario, para poder pasar por Starbucks. Me llevaba la computadora, un cuaderno, y me sentaba a escribir. Pedía un chai latte y un muffin de arándanos, sin excepciones.

Hoy no estoy en un Starbucks, de hecho hace muchos años que no voy a uno, pero igual me siento a escribir. La luz es mucho más naranja, no está el ruido de la ciudad, pero de todas formas el sonido del tecleo me sigue entusiasmando. Por eso sigo escribiendo.

En mis cuadernos de lingüística, entre esquemas y apuntes que intentaban poner orden en el mundo, había también poemas e historias. No es que no prestara atención en clase ni que me fuera mal — cumplía con todo lo que se esperaba de mí, me sacaba buenas notas, participaba cuando había que participar —, pero había algo que insistía por debajo de todo eso, como el agua que va buscando grietas, aunque no haga demasiado ruido. Algo que no sabía nombrar del todo entonces, pero que reconocía cada vez que me sentaba en esa mesa y abría el cuaderno en una página que no era la de los apuntes. Tardé bastante tiempo en entender que esa insistencia no era una distracción ni una inmadurez, sino algo mucho más serio: una vocación que no tenía ninguna intención de irse.

Tengo miles de recuerdos así. De estar haciendo lo que debería estar haciendo: estudiando, trabajando, pero con la mente y el corazón en otro lado, tironeados hacia algo que no encontraba todavía una forma particular. Y durante mucho tiempo interpreté eso como una falla, como si la incapacidad de estar completamente presente en lo que tocaba hacer fuera una señal de que algo en mí no funcionaba bien, de que era demasiado dispersa, o, peor aún, demasiado poco práctica para el mundo que me tocaba habitar. La escritura como un trabajo me parecía un lujo que aún no me podía permitir, algo que vendría después, cuando estuviera más asentada, cuando tuviera más tiempo. O, en el peor de los casos, que nunca llegaría.

Y hablo de escritura como podría estar hablando de tener un campo de lavandas, ser abogada, tener miles de proyectos y potencialidades. Hablo de eso que es la manera en la que una procesa el mundo, la forma en que le damos sentido a lo que vivimos, el único lugar donde ciertas cosas pueden existir con toda su complejidad sin que haya que reducirlas o simplificarlas. No escribir, para alguien que necesita escribir, no es neutralidad: es una forma de acumulación, de presión que se va ejerciendo por dentro sin que uno siempre lo note, hasta que aparece de otras maneras. Es el agua que de a poco va buscando la grieta, hasta que encuentra por dónde salir.

Yo lo supe en los márgenes de los cuadernos de facultad, lo supe en esa mesa de Callao y Corrientes, lo supe en todos los momentos en que encontré un rato libre y lo usé para escribir antes que para cualquier otra cosa. Lo supe y sin embargo me costó años — muchos años — decirlo en voz alta sin inmediatamente relativizarlo, sin agregar alguna aclaración que lo volviera más aceptable o más modesto.

Hace muchos años, leyendo a Elizabeth Gilbert, algo me resonó de una manera muy particular. Ella cuenta que durante mucho tiempo tuvo trabajos que nada tenían que ver con escribir: mesera, cocinera, empleada de bar, y que sostuvo su vida con eso mientras sostenía su escritura con lo que le quedaba de energía y de claridad al final del día. No porque amara esos trabajos, sino porque entendía que la urgencia de vivir no desaparece porque uno tenga una vocación, y que esperar a que las condiciones sean perfectas para crear es, en el fondo, otra forma de no crear.

Algo en mí siempre fue contrario a esta posición. Y no me es ajena la ironía: yo quería escribir, quería crear, pero igual me quedaba en el trabajo o en el estudio que me iba a “dar un futuro”. Me costó reconocer esta postura no como resignación sino como una forma muy concreta de fidelidad. En la superficie suena casi demasiado razonable, demasiado poco romántica. Pero debajo hay algo mucho más profundo: la disciplina de seguir cuando nadie te está mirando, cuando no hay señales de que valga la pena, cuando la página sigue en blanco, las facturas se juntan, los hijos piden atención, el cuerpo y la mente se cansan. Hay historias maravillosas de madres que crían a sus hijos y trabajan doce horas al día y, aún así, encuentran tiempo para escribir.

En pandemia, descubrí a Amie McNee. Es escritora y artista, igual a Elizabeth Gilbert. Pero se para en las antípodas del pensamiento de Liz en cuanto al trabajo y la escritura: ella proclama que no quiere un trabajo convencional, que ser mesera por diez horas al día mata tu espíritu creativo, que necesitamos un mundo donde el arte dé de comer y no sea para unos pocos. Que la traición de dejar pasar esas ganas pasa factura, entonces es mejor tirarse a la piscina y probar, que quedarse con las ganas. Sí, ya sé. Todo muy lindo. Amie, vos porque vivís entre Australia e Inglaterra. ¿Qué pasa con el privilegio? Y sí, es todo un tema. Pero más allá de eso, la escucho y reconozco ese impulso. Hay algo verdadero en lo que dice: que si uno siempre pospone lo que más le importa, esperando el momento en que todo lo demás esté resuelto, ese momento muchas veces no llega, porque la vida tiene una manera muy eficiente de llenarse de urgencias que desplazan lo esencial, y que a veces hay que elegir lo esencial aunque sea incómodo, aunque no sea lo más conveniente, aunque nadie más entienda todavía por qué. Algo así como que nada cambia si nada cambia.

No sé cuál de las dos tiene razón. Sospecho que ninguna la tiene del todo, o que las dos la tienen según el momento y la persona y la vida concreta que a cada una le tocó vivir. Lo que me parece más interesante que el debate entre ellas es la pregunta que está debajo, la que yo misma me hice durante años sin animarme del todo a formularla claramente: cómo hacer para no perder el hilo. Cómo sostener viva esa insistencia — la del agua buscando grietas, la de los poemas en los márgenes de los apuntes de lingüística — sin que el peso de lo cotidiano la vaya apagando de a poco, sin que uno se dé cuenta hasta que un día mira y ya casi no la reconoce.

Porque lo que sucede muchas veces no es una traición grande y consciente sino algo mucho más silencioso y mucho más difícil de detectar: el ruido va creciendo, las obligaciones se van acumulando, los días se parecen demasiado entre sí, y eso que insistía por debajo empieza a insistir cada vez más bajo, hasta que cuesta distinguirlo del fondo. No desaparece. Creo que esas cosas no desaparecen del todo, que una vocación genuina persiste más allá de las circunstancias, pero se vuelve difícil escucharla, y más difícil todavía confiar en que lo que uno escucha es real y no una ilusión, una romantización, una manera elegante de evitar otras responsabilidades. Esa duda también es parte del camino, y no de la parte fácil.

El año pasado, después de mucho tiempo de rodeos y de esperas y de razones para postergar, algo empezó a moverse. No sé exactamente cómo describirlo porque es difícil de nombrar cuando todavía está en proceso, pero tiene que ver con el discernimiento. No lo cuento como una conquista sino como una aventura. Pero hay algo que cambia en la manera de mirar los días cuando uno empieza a tomarle la mano a lo que insiste, a dejar de resistirlo o postergarlo o rodearlo con explicaciones. Algo se acomoda, aunque sea despacio, aunque no siempre sea visible desde afuera.

Nos quedamos esperando que el milagro suceda de una manera visible y reconocible, sin darnos cuenta de que ya está sucediendo, de la misma manera silenciosa en que crecen las raíces: sin anunciarse, sin necesitar que nadie las esté mirando para seguir haciendo lo que hacen.

Quizás no se trate de resolver de una vez por todas cómo equilibrar la vida que uno necesita sostener con la vida que uno quiere vivir, ni de elegir entre la disciplina de Liz y la convicción de Amie. Quizás se trate, simplemente, de mantener el oído afinado. De aprender a reconocer ese crujir aunque estemos en medio de otra cosa, de no taparlo con tanto ruido que cuando por fin llegue un momento de silencio, ya no sepamos distinguirlo de todo lo demás. De sentarse, aunque sea de vez en cuando, con un chai latte o un café, el cuaderno abierto en la página que no es la de los apuntes que intentan acomodar la vida, y confiar en lo que insiste susurrando “todo va a estar bien”, dejándole espacio para, simplemente, ser.

Con cariño,

Ayelén

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